El silencio, la ausencia de sonido, es una de las sensaciones más profundas y características a las que podemos tener acceso.
En la música, el uso del silencio es esencial, pues un descanso en una sucesión de sonidos es agradable, y un momento de silencio tras un acorde de tensión es increible. Como primer ejemplo del uso del silencio, pondré a mi muy admirado Beethoven. En su novena sinfonía, en la mundialmente conocida parte coral del último movimiento, la sucesión de melodías, y el camino que sigue el maravilloso poema de Schiller, nos lleva a un momento culminante: se trata de un acorde monumental, en que la orquesta y el coro, al unísono, gritan la palabra “Gott” (Dios). Es un inconmensurable acorde tenso, en el que los pelos de los oyentes se ponen como escarpias, y la piel se vuelve de gallina, mientras los escalofríos recorren de arriba a abajo todo nuestro cuerpo. Pero no es ese acorde lo que produce la increible sensación de poder que trasmite Beethoven. Ese acorde no sería nada si al momento se produjera una resolución del mismo, una relajación tras la tensión. Beethoven, como gran maestro no solo de la música, sino de los entresijos del espíritu humano, supo que lo que más podía mellar en los corazones de los hombres era el silencio. Ese monumental silencio después del monumental acorde hace que la tensión resuene en nuestras cabezas.
Pero el silencio en la música no debe estar exigido por la partitura exclusívamente. Los que vamos con asiduidad a conciertos, observamos una práctica muy poco respetuosa con la música. Cuando el último acorde de una obra aún resuena en los auditorios, sin que su vibración se haya apagado, sin que haya hecho aparición el silencio que hace que siga sonando en nuestra cabeza, un clamor lleno de aplausos, vítores y “bravos” llena la sala sin dejar disfrutar al público del proceso mediante el cual el sonido se apaga.

No hay comentarios:
Publicar un comentario